¿Tu campaña política huele a rosca vieja? Agarrá papel y lápiz porque esto es un BAÑO DE REALIDAD

Todo comenzó con un ‘ay, mijito’. Sí, así, con esa frase que solo alguien de Medellín puede pronunciar con tanto dramatismo que hasta te duele el alma. Resulta que estaba en un café del Poblado, el clásico lugar donde los políticos de medio pelo se reúnen a discutir cómo conquistar votos sin mover un dedo, cuando escuché una conversación que me dejó temblando de incredulidad.

Un candidato cualquiera (llamémoslo Don Estra-tegia) estaba hablando con su supuesto equipo de marketing político. El hombre, con voz de quien no tiene ni idea de lo que está diciendo, soltó la perla del siglo: ‘La gente votará por mí porque soy buena gente. Hay que poner eso en las redes y listo’. Los supuestos expertos asintieron como si les hubiera explicado cómo resolver la crisis del cambio climático.

Y ahí fue cuando me dije: NO. Esto no puede seguir así. Porque, amigos, si piensas que una campaña política en Medellín se trata de subir unas fotos sonrientes a Instagram y esperar que los votos caigan como maná del cielo, déjame decirte que estás más perdido que un ciclista en la 65.

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El error número uno: pensar que ‘ser buena gente’ es suficiente

Vamos al grano. Medellín es una ciudad llena de gente inteligente, pero cuando se trata de marketing político, parece que todos se vuelven más lentos que un bus en hora pico. El error más común es creer que la bondad por sí sola va a ganar elecciones. Spoiler alert: no lo hace.

Recuerdo a un candidato, vamos a llamarlo Pepito, que se presentó a unas elecciones locales. Pepito era el tipo más simpático del barrio, el que siempre ayudaba a los vecinos, el que incluso se ofrecía a cuidar a los perros cuando alguien salía de viaje. Pero cuando llegó el momento de hacer campaña, ¿qué hizo? Nada. Absolutamente nada.

‘Es que la gente ya me conoce’, decía. Y sí, lo conocían, pero como el vecino buena onda, no como un líder político. El resultado fue predecible: Pepito quedó de último en las votaciones, y ahora solo lo recuerdan como ‘ese buen muchacho que perdió por no hacer ni un solo anuncio’.

La tragedia del diseño que parece hecho en Paint

Otra joya que me mata es el diseño gráfico de algunas campañas. Parece que contrataron al sobrino de 12 años que ‘es bueno con la compu’ para hacer los afiches. ¿De verdad crees que un buen diseño no importa? Déjame ilustrarte esto con un ejemplo que aún me da pesadillas.

Una vez, un cliente me mostró su propuesta de afiche político. El fondo era una mezcla de colores que ni en los años 80 se hubieran usado: verde limón, rojo intenso y un azul eléctrico que dolía en los ojos. El slogan decía: ‘Por un futuro mejor’. Original, ¿verdad? Pero eso no era lo peor. La foto del candidato estaba tan mal recortada que parecía que alguien lo había sacado de un álbum familiar y lo había pegado ahí sin más.

Cuando le dije que eso no funcionaría, se enfadó y me dijo, textualmente: ‘Es que aquí en Medellín la gente no se fija en esas cosas’. Ah, claro. Por eso los mejores líderes tienen campañas dignas de una película de Hollywood y los demás parecen un trabajo escolar de secundaria.

El síndrome del ‘vamos a copiar lo que hizo fulanito’

Este es otro clásico que me pone los pelos de punta. Algún candidato hace algo que funciona, y todos corren a copiarlo como si fuera la fórmula mágica. Pero aquí hay una verdad incómoda: lo que le funciona a uno, no necesariamente le funciona a otro.

Te cuento el caso de una campaña en la que trabajé. El candidato, vamos a llamarlo Juanito, quería hacer una estrategia idéntica a la de un político conocido que había ganado con una campaña muy emocional. Juanito incluso quiso usar el mismo tono de voz, las mismas fotos y hasta los mismos colores. El problema es que Juanito no era nada carismático, y al intentar copiar, su campaña parecía más una mala imitación de stand-up comedy.

Resultado: la gente no se identificó con él, y quedó claro que estaba tratando de ser alguien que no era. Y adivina qué: perdió.

La falta de storytelling: el pecado capital

Si hay algo que define a Medellín es el poder de las historias. Aquí la gente sabe contar un buen cuento como nadie, pero cuando se trata de marketing político, parece que todos se olvidan de esto. El storytelling no es un lujo, es una necesidad.

Cuando le pregunto a algunos candidatos cuál es su historia, me responden con una lista de logros académicos y profesionales. Y eso está bien, pero dime algo: ¿cuándo fue la última vez que te emocionaste porque alguien te dijo que tiene un máster en administración de empresas? Exacto, nunca.

La gente quiere conectarse emocionalmente. Quieren saber de dónde vienes, cómo luchaste, qué te motivó a entrar en política. Quieren una historia que les haga decir: ‘Este tipo me representa’. Si no tienes eso, estás perdido.

Y ahora, la gran pregunta: ¿cómo hacerlo bien?

Para empezar, necesitas una estrategia clara, un diseño que no dé vergüenza ajena y una historia que enganche. Pero sobre todo, necesitas un equipo que sepa lo que está haciendo. Aquí es donde entra una agencia de marketing político en Medellín que de verdad entienda de lo que está hablando.

Pero ojo, no cualquier agencia. Necesitas gente que te haga decir: ‘Esto es exactamente lo que necesitaba’. Gente que no tenga miedo de decirte las cosas como son, aunque duelan. Y eso, mis amigos, es lo que marca la diferencia entre una campaña que triunfa y una que pasa al olvido.

Así que si estás pensando en entrar al mundo de la política en Medellín, agarra papel y lápiz, porque esto es un baño de realidad. Porque en este juego, no hay lugar para los tibios.