Consistencia y compromiso: La fórmula mágica que nadie quiere seguir (pero que funciona)

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Consistencia y Compromiso: La historia que nadie te quiere contar

Hace un par de semanas, estaba en un bar de Medellín, tomándome un aguardiente con un amigo que está intentando cambiar de vida. Llevaba una hora quejándose de cómo todo le salía mal: su negocio no despegaba, su novia lo dejó y hasta el perro se le escapó. Y entonces, entre trago y trago, soltó la frase que me encendió la mecha: ‘Es que la vida está jodida, bro. Nada funciona.’

Le miré fijamente, le pedí otro trago y le dije: ‘¿Sabes cuál es tu problema? No eres constante y te comprometes con cualquier cosa menos contigo mismo.’

Ahí empezó el debate. Él argumentó que sí lo intentaba, que había puesto ‘mucho esfuerzo’. Pero cuando le pregunté cuántas veces había intentado impulsar su negocio antes de rendirse, la respuesta fue: ‘Bueno, lo intenté como tres meses.’ Yo casi me atraganto con el aguardiente.

Porque aquí está la cosa: todo el mundo quiere resultados inmediatos, pero nadie quiere trabajar de manera constante. Y eso, querido lector, es como querer ganar un maratón entrenando solo los lunes.

El drama de la cultura de lo ‘ya mismo’

Medellín está llena de gente brillante, pero también está infestada de impaciencia. Quieren vivir bien, ganar plata y ser felices, pero no están dispuestos a comprometerse con el proceso. ‘¿Un año esperando resultados? ¡Ni loco!’

El otro día, un cliente me dijo: ‘Tengo un negazo, pero necesito que me ayudes a hacerlo viral en un mes.’ Le pregunté cuánto tiempo había dedicado a construir su marca antes de llamarme. Su respuesta: ‘Bueno, lo lancé hace dos semanas.’

¡Dos semanas! ¿En serio? ¿Y espera que el mundo se detenga para prestarle atención? Así no funciona esto, señores.

El secreto mejor guardado: La consistencia es aburrida

Aquí está el problema: la consistencia no vende. No es sexy. No tiene luces de neón ni promete resultados mágicos. Es como ese amigo que siempre llega puntual y te recuerda tus responsabilidades. Nadie lo celebra, pero siempre está ahí para cuando lo necesitas.

El otro día, leí un artículo sobre cómo Elon Musk logró construir Tesla. ¿Sabes cuál fue su secreto? Consistencia. El tipo trabajó como un loco durante años sin ver resultados inmediatos. ¿Y qué hizo Medellín? Se emocionó con los cursos de ‘gana dinero rápido’ y dejó botada la disciplina.

El compromiso no es un sentimiento, es una decisión

Aquí viene la parte polémica: comprometerse no significa ponerte una camiseta y gritar ‘¡Sí se puede!’ Comprometerse es levantarte cuando no tienes ganas, seguir adelante cuando todo parece ir mal y mantenerte firme aunque el mundo te diga que te rindas.

El otro día, una amiga que está haciendo ejercicio me dijo: ‘Es que hoy no tengo ganas de ir al gym.’ Le contesté: ‘¿Y mañana vas a tener más ganas?’ Y ahí está el punto: el compromiso no depende de cómo te sientas, sino de lo que decidas hacer.

El caso de Pepito: El rey de las excusas

Ahora, hablemos de Pepito. Este tipo es el campeón mundial de empezar cosas y no terminarlas. Un día decidió aprender inglés. ‘Este año sí voy a hablar como un nativo’, dijo. ¿Cuánto duró? Tres semanas. Después cambió a música. Compró una guitarra y hasta se puso de nombre artístico. ¿Cuánto duró? Un mes.

Pero lo mejor fue cuando decidió emprender. ‘Voy a montar un negocio de hamburguesas gourmet’, anunció. Inició con bombos y platillos, pero al mes ya estaba quejándose de que ‘la gente no valora el esfuerzo’. ¿Qué pasó? No fue constante, no se comprometió y terminó tirando la toalla.

¿Cómo dejar de ser un Pepito?

Aquí tienes la fórmula mágica que nadie quiere escuchar:

  1. Elige una cosa (no cinco, no diez, una).
  2. Comprométete de verdad (no a medias, no ‘a ver qué pasa’, en serio).
  3. Sé constante (aunque no tengas ganas, aunque sea aburrido).

Así de simple. Así de difícil.

La conclusión que nadie quiere aceptar

Consistencia y compromiso no son palabras bonitas para poner en un póster. Son decisiones diarias que te llevarán a donde quieres ir. Pero claro, es más fácil culpar al sistema, al gobierno o a la mala suerte.

Así que la próxima vez que te quejes de que nada funciona, pregúntate: ¿Realmente has sido constante? ¿Te has comprometido de verdad? Si la respuesta es no, no culpes a la vida. Culpa a tu falta de disciplina.

Y ahora, si me disculpas, voy a tomarme otro aguardiente. Porque aunque la consistencia es clave, también hay que saber disfrutar el camino.